jueves, 7 de octubre de 2010

DISCUTIENDO A MARADONA. (Primera Parte)

Por Cristian Peláez
Como ya han afirmado otros, de todos los placeres que puede dar o deparar el discurso, ninguno es ser más intenso, directo y perceptible que el de discutir.

Discurrir, exponer, explicar, enseñar son acciones que pueden salir bien o mal, son acciones que pueden generar muchas o pocas satisfacciones en aquel que las intenta, pero es poco lo que a menudo se arriesga en ese envite. En cambio, al discutir, la vida entera (la que hemos vivido, la que desearíamos haber vivido) se nos presenta como la masilla lábil a partir de la cual puede formarse la carta de triunfo que decida la batalla.

Ganar una discusión es fundamentalmente tener la última palabra, no importa cuán falaces sean los argumentos que uno quiera o pueda llegar a esgrimir. El placer de ganar una discusión es un placer de un orden terminante: la palabra postrera y después el silencio.
Al discutir, lo que importa verdaderamente no es tanto la verdad sino la fuerza. Al discutir lo que importa (y mucho) es el tiempo y la oportunidad en que los argumentos se exponen. Una réplica que llega tarde, por más buena e ingeniosa que sea, no nos sirve para casi nada. Quizás sólo para lamentarnos. Los franceses tienen una frase interesante y sumamente sugerentes para describir la situación que acabamos de exponer: “ingenio de escalera”. En francés, esprit de l’escalier. La frase se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta que buscaba de manera urgente, pero es demasiado tarde. Nos ha pasado a todos. Lo explicamos con un ejemplo rápido. Una persona cualquiera está en una fiesta y alguien lo insulta. Bajo presión, con todos los demás asistentes a la fiesta mirando, esta persona dice o balbucea algo tonto o ingenuo. La atmósfera es espesa, el aire cortante. El punto es que cuando se va de la fiesta, cuando baja la escalera, entonces, sólo entonces, aparece la magia, el ingenio. A esta persona se le ocurre la frase perfecta que debería haber dicho luego del insulto. La perfecta réplica humillante. Esta persona esboza una sonrisa nerviosa, el punto es que ya es tarde. Tardísimo por más que sólo haya pasado unos pocos minutos. Ese es el espíritu de la escalera.

Hemos venido acá igualmente para otra cosa. “Dios Te libre lector de prólogos largos.” La cita es de Quevedo y nos sirve ahora para exponer de una vez por todas, sin vueltas ni digresiones innecesarias (¿alguna digresión es necesaria?), qué cosa nos proponemos hacer en las líneas que siguen: tratar de dejar en evidencia la sustancia o la materia qué se pone en juego cuando se discute a Maradona.
En este orden de cosas podemos decir en primer lugar que resulta complicado discutir racionalmente a Maradona. Sus acciones, su legado, su historia, están rodeadas de un aire epopéyico y mítico, de un aire redentivo, que muchas veces desvía la mirada de lo importante o genera el reinado de la falacia. Lo cierto es que más allá de nuestro conocimiento y de nuestro capital social, económico y cultural no solemos criticar el mundo maradoriano con los mismos argumentos y armas con lo que criticamos u observamos algún otro problema. Como jugar al ajedrez, como tocar un instrumento musical, como hacer un cálculo matemático, criticar a Maradona pone en juego un ejercicio intelectual diferente del que solemos articular para la realización de otras actividades cotidianas.

Más allá de todo lo anterior insistimos en que vamos a discutir a Maradona. La empresa como se adivinará no es tan sencilla por muchos otros argumentos de los ya expuestos. Maradona se ha ido convirtiendo poco a poco en una especie de objeto imposible para todos aquellos que tratan de pensarlo o entenderlo: En primer lugar Maradona debe ser una de las personas más contradictorias que ha pisado este planeta que no se sabe bien por qué hemos dado en llamar hace algún tiempo Planeta Tierra. Al mismo tiempo, Maradona resulta un justo acreedor de algunos calificativos que entre nosotros tienen la peor prensa: soberbio, arrogante, pedante, snob, altanero, orgulloso, engreído, prejuicioso. También resulta habitual acreedor de algunos otros calificativos más difíciles de convalidar por cierto, generados fundamentalmente por el odio racial, la envidia y los prejuicios burgueses: drogadicto, cabecita negra, mal hablado, borracho, cocainómano, mujeriego, petiso, gordo.

Otras cosas también son ciertas: Maradona ha sido el mejor jugador, el más destacado, el más aclamado en el deporte más popular del mundo. Al mismo tiempo son pocas, poquísimas, las personas que no han sonreído o no se han emocionado siquiera una vez al verlo ejercer el arte que domina y son pocas también, poquísimas, las personas que no han sentido suyas algunas de sus palabras o reivindicaciones.

Objeto imposible entonces Maradona. No hay argumento sobre él sin réplica. No hay crítica sin atenuante. No hay elogio sin observación. No hay salvación sin hundimiento. No hay cielo sin infierno. Se me dirá que la lógica maniquea es aplicable en mayor o menor medida a todos los mortales. No lo creo.

Descubro en Maradona o mejor, en los discursos sobre Maradona, una lógica que tiende al equilibrio de una balanza imaginaria que tiende a juzgar los actos de las personas. Y en este momento podemos encontrar la primera ley general en todas las discusiones sobre Diego Armando Maradona. Parece cuento pero todo en Maradona tiende sopesarse y a equilibrarse. No todo el mundo tiene la misma suerte o la misma desgracia. Pongamos algunos ejemplos. Se dice que fue el mejor jugador del mundo pero siempre se recuerda que incurrió más de una vez en doping positivo. Se cita que es un ejemplo de revancha social de los sectores desprotegidos pero se argumenta al mismo tiempo que se comporta como el peor de los nuevos ricos. Se recuerda que apuesta discursivamente a la justicia social y a los supuestos personajes históricos que levantaron esa bandera pero no puede olvidarse que fue y es amigo confeso de los políticos que más hicieron en la Argentina por la distribución desigual de la riqueza. Se refiere que crítica al establishment político y económico que domina al fútbol pero se deja en evidencia permanentemente que no deja de hacer negocios (los peores) con él.
Ante cada enunciado un contra enunciado. Ante cada argumento un contra argumento con idéntico peso.

La segunda ley general a la hora de discutir a Maradona podemos enunciarla como sigue: cuando uno se refiere a Maradona suele ser mucho más exigentes cuando se le critica una falta cometida y mucho más indulgente cuando se la pasa por alto. Pareciera que Maradona cuenta con un batómetro especial para la medición social de “sus pecados” para ponerle un nombre, que podría ser otro, a todas sus acciones desafortunadas. A Maradona se lo condena por cosas que no se condenaría ni al vecino y al mismo tiempo a Maradona se le festeja y perdona actos y dichos verdaderamente aberrantes.

Insisto con algo. Poco tiene que ver el capital cultural o económico del observador o del que discute. La actitud al discutir, con matices que tendrán más que ver con la presentación y la prolijidad de los argumentos y no con su estrategia argumentativa, se encontrará similar o análoga en personas de diferentes estratos sociales y culturales.

El desarrollo de la tercera ley que hemos asilado a la hora de discutir a Maradona será materia de la segunda parte de este ensayo.

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